martes, 3 de marzo de 2015

La poética en la obra de Sam Peckinpah

¿Cómo es posible que un cineasta como Peckinpah -en los que todos sus personajes son poco más o menos que, o bien prostitutas, o bien andrajosos, sucios y borrachos carcomidos por la violencia-, cómo pudiera ser éste un cineasta tan lírico y poético? Sus películas huelen a polvo, a desierto, a cactus, a testosterona, a carnero, a sudor, a plomo, a relinchos, a motor, grasa, a prostíbulo a lagartos y a serpientes de cascabel. Sin embargo, nunca hubiera pensado que con esos elementos, y con tanto machismo, pudiera ser tan jodidamente romántico. La escena de Hildy y Cable o la escena tan romántica debajo de un árbol en “quiero la cabeza de Alfredo García” son dos de las escenas de amor más bellas que yo jamás haya visto rodarse. Ese es el cine de Sam Peckinpah. Un director que rodaba sin camiseta, con un pañuelo (bandana) del oeste en la cabeza, gafas de sol, botas de punta, espuelas y una botella de Bourbon. Hombre mestizo, por sus venas corría sangre de indios mescaleros, se crió en la frontera e hizo los Westerns más hermosos, líricos y poéticos que nunca nadie haya rodado: “Grupo Salvaje”, “Pat Garrett y Billy the Kid” o “Duelo en Alta Sierra”. Se dijo de él que fue el maestro de los westerns crepusculares. Pero no solo fue eso: fue un romántico y un trágico, hizo una epopeya de unos tiempos que nunca volverían, y dio carta de naturaleza a unos valores que, pese a rudos, a violentos, y a sucios, se señalaban una verdad inviolable: que lo único que merece la pena son dos amigos que cabalgan juntos. No había en Hollywood, entendido ya como dinero, quien entendiera el cine de este renegado: los productores le machacaban las películas sin sentido, cuando él, con tanto sudor como como balas hacía las películas más sublimes que un pistolero borracho y solitario pudiera hacer. Para Peckinpah lo único de valor en la vida es la amistad masculina y su traición la mayor tragedia. El mayor código ético es conservar una amistad entre dos amigos. La clave de las películas de Peckinpah es, tal vez, que considera que “el amor” entre hombres y mujeres imposible y que por ello el mundo es un sucio estercolero, pero que su épica se encuentra, y su romanticismo y su lirismo, en el momento en que ya que es todo está tan jodidamente asqueroso, sus personajes deciden finalizar con un “vayámonos de aquí con dos huevos”. Porque otra cosa no explica la ensalada de plomo y polvo. Cuando todo está perdido, cuando todo es un fracaso, cuando no hay más que sanguijuelas, los personajes de Peckinpah se cargan una escopeta al hombro, un cinto de balas y van decididos a la muerte, pero con la intención de llevarse con ellos a todos los reptiles y serpientes que se encuentren a su paso. ¿Y cómo es posible que con ello haga poesía? ...Pues la hace. Pues vean el paseo de Grupo Salvaje.